En 1985, un español de clase media podían aspirar –sin necesidad de cobrar un sueldo extraordinario de la época– a comprar una vivienda, casarse y formar una familia antes de los 35 años. España todavía era un país relativamente pobre, acaba de abrirse al mundo tras una prolonga dictadura y sufría una inflación elevada. Pero el ascensor social funcionaba a pleno rendimiento.
Cuatro décadas después, muchos jóvenes con carrera universitaria, máster, idiomas y empleos cualificados comparten piso en grandes ciudades mientras destinan más de la mitad de su salario a pagar el alquiler. Nunca una generación española había estudiado tanto para acceder tan tarde –o nunca– a una vivienda en propiedad, estabilidad económica y capacidad de ahorro. Un punto de inflexión que, en definitiva, marcaba la entrada en la edad adulta.
Prosperar nunca ha sido fácil
Mientras el gobierno se ha abonado a la tesis de que la economía va “como un cohete” lo cierto es que la población nota que su poder adquisitivo ha menguado a pesar de que los salarios nominales son mayores. Es decir, que los sueldos dan para comprar menos. Y de fondo la sensación creciente de que prosperar es cada vez más difícil al tiempo que se preguntan si sus padres vivieron mejor que ellos.
Un contexto en el que el enfrentamiento entre boomers y millennials está servido ya que con el actual sistema de pensiones de reparto son los trabajadores activos actuales quienes están pagando las pensiones de la generación anterior que se está jubilando.
Lo cierto es que los boomers comenzaron su vida laboral en una España menos desarrollada, con inflación descontrolada, paro elevado y tipos de interés hipotecarios que hoy parecerían inalcanzables. Basta recordar que a principios de los años noventa, las hipotecas llegaron a superar el 15% de interés. Y sin embargo tuvieron la capacidad de seguir amortizando sus deudas porque accedieron a un mercado inmobiliario incomparablemente más accesible y pudieron acumular patrimonio en un momento histórico en el que los activos todavía estaban al alcance de las clases medias. Había, en definitiva, más oportunidades.
Pero su parte los millennials se graduaron en plena crisis financiera de 2008 y buena parte de la generación entró al mercado laboral en la Gran Recesión mientras que la pandemia puso en paréntesis su carrera profesional.Cuando los problemas se despejaron la inflación posterior y un mercado inmobiliario cada vez más inaccesible frustraron de nuevo sus expectativas.
La discusión generacional suele centrarse en los salarios. Pero el verdadero problema español no está únicamente en la renta, sino en el patrimonio. Aunque los boomers se incorporaron al mercado laboral en una España mucho más pobre que la actual. El país todavía estaba consolidando su industrialización, las infraestructuras eran muy inferiores y los salarios reales distaban mucho de los niveles europeos actuales. Sin embargo, las clases medias todavía podían transformar con cierta facilidad su trabajo y ahorro en activos. Esa es probablemente la principal diferencia con los millennials.
Las generaciones actuales consumen más, viajan más, tienen mejores infraestructuras y niveles tecnológicos infinitamente superiores a los de los años setenta u ochenta. Pero acceder a la vivienda es casi imposible. Y eso cambia completamente la percepción de prosperidad porque tener un hogar es uno de los pilares para desarrollar un proyecto de vida que permita pensar –y tomar decisiones económicas en consecuencia– a largo plazo.
Salarios con menos poder adquisitivo
Uno de los argumentos habituales para relativizar el malestar generacional es que los salarios nominales actuales son muy superiores a los de hace cuarenta años. Y es cierto. El problema es que gran parte de ese incremento desaparece cuando se descuenta la inflación y, sobre todo, cuando se tiene en cuenta aspectos como el acceso a vivienda y el poder adquisitivo real de las nóminas.
Los datos muestran que las rentas reales de los jóvenes españoles apenas han avanzado durante las últimas décadas. Según análisis de los datos del INE y del Banco de España, estas rentas reales de los hogares jóvenes se redujeron alrededor de un 10% desde 2008, mientras las de los mayores de 65 años aumentaron en torno a un 8%.
La divergencia se aprecia todavía mejor al comparar salarios y pensiones. Entre 2008 y 2024, la pensión media en España aumentó un 32,2% en términos reales, mientras el salario bruto medio cayó un 1,3%, según datos recopilados y analizados por Jon González a partir de estadísticas oficiales.
González, es ingeniero de formación, trabaja como analista para BBVA y, en sus ratos libres, se ha convertido en uno de los divulgadores más activos y citados de la red social X (@Jongonzlz) en cuanto al reto generacional y economía. Según sus cálculos, una de las explicaciones de la crisis de acceso a la vivienda se da porque desde 2018 hasta 2025, los salarios de los menores de 35 años crecieron apenas un 4% en términos reales, mientras el precio real de la vivienda aumentó alrededor de un 18%.
La comparación es demoledora porque resume una de las grandes transformaciones silenciosas de la economía española: mientras las rentas ligadas al trabajo permanecían prácticamente estancadas, las rentas protegidas políticamente, especialmente las pensiones, siguieron revalorizándose. Un fenómeno que ayuda a explicar por qué muchos jóvenes sienten que el país progresa sobre el papel mientras ellos apenas consiguen mejorar su situación material.
Además, la dualidad del mercado laboral ha terminado por explotar ya que los trabajadores con años de antigüedad acumulan “derechos” mientras que los que se incorporar tienen sueldos más bajos y precariedad. Los boomers tuvieron que salir adelante en medio de crisis económicas durísimas, pero terminaron integrándose en un modelo relativamente estable basado en empleo fijo, vivienda accesible y capacidad de ahorro mientras que esa posibilidad parece no estar a la alcance de la mayoría de los millennials, en cambio, han normalizado la temporalidad, la sobrecualificación y la precariedad como parte estructural de la vida adulta.
Paradójicamente, España nunca había tenido generaciones tan formadas. Según la OCDE, los niveles de educación superior entre millennials y generación Z superan ampliamente a los de sus padres y abuelos. Pero ese capital humano no se ha traducido en una mejora proporcional de sus condiciones económicas. Nunca una generación española había estudiado tanto para no obtener réditos
El premio salarial asociado a la universidad sigue existiendo, pero se ha debilitado considerablemente por la precarización laboral posterior a la crisis financiera de 2008. Muchos jóvenes no sienten que hayan sido pobres en consumo porque tienen acceso a tecnología, ocio o bienes baratos impensables para generaciones anteriores. Lo que sienten es que viven permanentemente lejos de la estabilidad patrimonial que sus padres alcanzaron a edades similares.
A esto se suma una pequeña élite privilegiada que ahonda en las diferencias del mercado laboral: los funcionarios. La oferta de empleo publico al calor de la expansión del gasto y del poder del Estado absorbe parte de esa fuerza de trabajo bien formada y productividad de la economía española. De hecho ya hay más funcionarios que trabajadores autónomos, como se destacó en el número anterior de La Gaveta. Solo en las administraciones pervive una clase media que no pierde poder adquisitivo y garantías de trabajo que les permiten acceder a créditos hipotecarios. Es el resultado de la lógica electoral, que comicio tras comicio, cuida y mima a estos trabajadores y a los pensionistas mientras descuida a la parte productiva de la sociedad que los mantiene con sus impuestos y cotizaciones.
Hacienda es la única que gana
Mantener al Estado no sale gratis y aunque el Gobierno argumenta que no ha subido los impuestos lo cierto es que la recaudación tributaria marca récords en estos últimos años gracias, en parte, a la llamada “progresividad en frío” del IRPF que funciona en la práctica como un aumento encubierto de la presión fiscal.
Y es que mientras las crisis inflacionarias han empujado los salarios nominales al alza, el Ejecutivo no ha actualizado y adaptado los tramos fiscales. Así, el trabajador parece cobrar más, pero en realidad pierde poder adquisitivo mientras Hacienda es la única que sale ganando.
Las cifras muestran que el tipo efectivo medio del IRPF aumentó unos 2,6 puntos entre 2008 y 2023. El resultado, según el análisis del Instituto Juan de Mariana, es que un trabajador con salario medio paga actualmente alrededor de 792 euros más al año de IRPF debido a la insuficiente deflactación de los tramos fiscales respecto al IPC acumulado.
Por si no fuera suficiente, Jon González ha documentado que prácticamente todos los salarios –los que están por encima de los 17.094 euros brutos anuales– pagan hoy más impuestos reales que en 2019.
De esta forma, ese ladrón silencioso que es la inflación actúa como un impuesto tal y como advirtió el economista Milton Friedman mermando el poder adquisitivo de ambas generaciones aunque, la que más tiene que perder es la que ve afectada su capacidad de ahorro cuando todavía no tienen una casa en propiedad. La sensación de que los españoles somos más pobres es, en realidad, un hecho estadístico.
Sin ascensor social para comprar una casa
Si existe un elemento capaz de explicar por sí solo buena parte del malestar generacional español, ese es la vivienda. Durante décadas, comprar un piso fue el gran mecanismo de acumulación patrimonial de las clases medias españolas. No hacía falta ser rico. Bastaba con trabajar, ahorrar algunos años y asumir una hipoteca razonable en relación con el salario. Seguir ese esquema es prácticamente una utopía en muchas ciudades.
Los datos del Banco de España muestran que el esfuerzo necesario para adquirir una vivienda se ha duplicado respecto a los años ochenta. Entonces, una vivienda media equivalía aproximadamente a entre tres y cuatro veces la renta bruta anual del hogar. Actualmente, la relación supera con frecuencia las siete u ocho veces. La diferencia es enorme e inasumible para los jóvenes cuya oportunidad de convertirse en propietarios se retrasa a una eventual herencia lo que, en último término, prueba la avería irreparable del ascensor social ya que si tus padres no tenían una vivienda es posible que nunca puedas tenerla.
El aumento de precios inmobiliarios ha producido una gigantesca transferencia silenciosa de riqueza. Cuanto más subía el precio de la vivienda, más se enriquecían quienes ya tenían propiedades y más difícil resultaba entrar en el mercado para quienes todavía no habían comprado.
Ese mecanismo explica buena parte de la brecha generacional actual. Los boomers compraron antes o durante el gran ciclo alcista inmobiliario de los años noventa y dos mil. La vivienda actuó para ellos como el gran motor de riqueza de las clases medias españolas. Muchos hogares multiplicaron varias veces el valor de sus activos simplemente por haber accedido al mercado en el momento adecuado e incluso dispusieron de rentas adicionales para complementar sus salarios alquilando segundas propiedades.
Además, los jóvenes actuales se enfrentan a un problema adicional: necesitan reunir entradas iniciales gigantescas antes incluso de acceder a una hipoteca. Diversos estudios calculan que un joven español puede necesitar cerca de veinte años de ahorro íntegro para reunir la entrada de una vivienda media. En zonas como Madrid, Baleares o Barcelona la cifra puede acercarse a los treinta años.
Los datos de propiedad reflejan perfectamente esta transformación ya que entre las generaciones nacidas entre 1945 y 1965, más del 80% tenía vivienda en propiedad alrededor de los 40 años. Entre quienes nacieron entre 1975 y 1985, el porcentaje cae drásticamente. Entre los nacidos después de 1985 el deterioro es todavía mayor.
La comparación resulta todavía más impactante entre quienes rondan los 30 años. Hace apenas una década, más del 60% de los españoles de esa edad tenía vivienda en propiedad. Hoy apenas lo logra uno de cada cuatro.
Jon González resume esta ruptura con una comparación especialmente reveladora: los nacidos entre 1985 y 1995 presentan alrededor de cuarenta puntos menos de tasa de propiedad a los 30 años que las generaciones nacidas entre 1965 y 1985.
Hay que tener en cuenta que en España el patrimonio familiar depende muchísimo más de la vivienda que en otros países occidentales. Mientras otras economías como la estadounidense poseen una mayor cultura financiera basada en acciones, fondos o planes de pensiones, el ahorro español continúa concentrado de manera abrumadora en el ladrillo.
Es una de las mayores transformaciones sociales: millones de españoles han pasado de dedicar parte de su sueldo a construir patrimonio propio a destinarlo simplemente a pagar alquileres. Los boomers pagaban hipotecas; los millennials pagan rentas. Y las consecuencias económicas van más allá porque una hipoteca termina convirtiéndose en un activo mientras que un alquiler, en cambio, es un gasto permanente que dificulta enormemente el ahorro y retrasa la acumulación patrimonial.
Una fractura que puede llegar a la política
Una estructura económica que se traduce en diferencias en la riqueza neta de ambas generaciones. Según la Encuesta Financiera de las Familias del Banco de España, los millennials españoles rondan de media unos 39.000 euros de riqueza neta hacia los 33 años. Sus padres, pertenecientes a generaciones boomers, acumulaban alrededor de 121.500 euros a edades similares, en euros constantes. La diferencia es abismal e ilustran como pocas la brecha existente entre ambas generaciones.
La paradoja de la economía española plantea que un país puede seguir creciendo mientras una parte creciente de su población lo tiene más difícil para prosperar. Problemas estructurales de fondo que, en realidad, definen el debate público aunque no siempre se expliciten. Al fin y al cabo España destina una parte creciente de su gasto público a pensiones mientras las generaciones jóvenes soportan cotizaciones elevadas, precios inmobiliarios disparados y una presión fiscal creciente.
Esto no significa que los pensionistas sean culpables ni responsables de ello pues se limitaron a trabajar y ahorrar con las reglas que les dieron. El problema es estructural y las facturas generadas por los fallos del Estado de Derecho empiezan a vencer. Alguien las tendrá que pagar. De momento, el esfuerzo recae sobre las cotizaciones sociales y los impuestos pero están llegando a un punto que desincentiva el trabajo y muchos jóvenes empiezan a mirar hacia el exterior para encontrar otros mercados laborales en los que prosperar profesional y familiarmente. Una fractura social que cada vez irá a más y que en algún momento terminará estallando.