Si hay algo que la Unión Europea produce mejor que nadie en el mundo, no son semiconductores, ni software, ni patentes de inteligencia artificial, ni siquiera documentales sobre la naturaleza. Es el PDF. Y no cualquiera, sino el PDF de alcance legislativo, aquel que ocupa varias decenas de páginas, ha pasado por comisiones, subcomisiones, enmiendas, consultas de stakeholders, evaluaciones de impacto regulatorio y que finalmente aparece en el boletín oficial precedido de una numeración que cuesta descifrar incluso a los especialistas.
Aquí presentamos un recuento provisional de los diez productos legislativos más brillantemente diseñados para demostrar que es posible construir un continente regulatoriamente perfecto que sea, a la vez, cada vez más pobre.
10. El tapón atado, el símbolo
Desde julio de 2024, cada vez que un ciudadano europeo abre una botella de agua e intenta beber recibe un golpe en la nariz, porque el tapón permanece sujeto al envase mediante una pequeña bisagra de plástico. En algún despacho climatizado de Bruselas, un funcionario ha pasado meses estudiando justamente esa experiencia de usuario. La Directiva de Plásticos no salva el planeta, porque este material sigue viajando por los océanos y sigue siendo enterrado en vertederos, pero sí logra, con precisión quirúrgica, molestar a 450 millones de ciudadanos europeos aproximadamente una vez al día, cada vez que beben algo.
9. El RGPD
¿Recuerda cómo era navegar por internet hace 25 años? Había algo de ciencia ficción en ello, la sensación de que estaba frente a un territorio abierto, ligeramente caótico, donde las cosas funcionaban de una manera que nadie parecía haber planeado completamente. Ahora es un festival permanente de ventanas emergentes, solicitudes de consentimiento granular, opciones que nadie lee porque el texto es más pesado que una novela de García Ramos, y esos botones de “Aceptar todo” que, estadísticamente, hacen clic millones de personas al día aunque sepan que viola sus propias preferencias expresadas.
El RGPD (Reglamento General de Protección de Datos) se vendió con una retórica completamente honesta, en pos de la protección de la privacidad de los ciudadanos europeos frente a la vigilancia corporativa de gigantes tecnológicos estadounidenses. Una idea hermosa. La realidad es que Google tiene un departamento legal de cientos de personas cuya misión, entre otras cosas, es navegar por los laberintos regulatorios europeos. Una pequeña startup de la UE de tres empleados, o incluso de treinta, carece de esa capacidad: no se puede permitir el ejército de especialistas en compliance necesario para operar.
8. Ley de restauración de la naturaleza
Busca, en teoría, restaurar los ecosistemas europeos a un estado más cercano al que tenían antes de la intervención industrial. Suena poético hasta el momento en que eres agricultor, porque la ley convierte muchas tierras productivas en zonas de no tocar, de restauración, donde la intervención humana se minimiza en nombre de la biodiversidad y la resiliencia ecológica. Perverso, porque en lugar de incentivar a los agricultores para que adopten prácticas más amigables con el entorno, la ley tiene un efecto criminalizador y convierte el espacio agrícola en un terreno de batalla regulatorio donde cada acción de un ganadero o un cultivador puede ser cuestionada, investigada o sancionada. Después se preguntan el porqué de las tractoradas en Berlín, París y Bruselas.
Por supuesto que, mientras tanto, se importan cantidades crecientes de alimentos de países que practican, sin apenas restricción, la deforestación sistemática de selvas tropicales.
7. Convertir empresas en ONG
En algún momento, entre las sesiones de trabajo del Parlamento Europeo y las videoconferencias de coordinación interinstitucional, alguien en Bruselas llegó a la conclusión de que las empresas europeas no solo debían ser responsables de lo que ellas mismas hacen, sino también de lo que hacen sus proveedores, lo que hacen los proveedores de sus proveedores y, en una lógica que se extiende indefinidamente hacia atrás en la cadena de valor, hasta incluir presumiblemente lo que hace el primo del transportista que lleva los componentes desde Vietnam.
La Directiva CSDDD (Diligencia debida de sostenibilidad corporativa) convierte así a la empresa europea en algo que no es: una ONG con responsabilidad penal. El resultado predecible es que muchas compañías simplemente se retiran de cadenas de suministro globales complejas. Buscan proveedores locales, aunque sean más caros, simplemente porque es la única manera de poder dormir tranquilos. Los empresarios norteamericanos, mientras tanto, compran a los mismos proveedores chinos, pero sin necesidad de pasar por un tribunal europeo cada vez que alguien en Twitter acusa a su proveedor de malas prácticas laborales.
6. Reglamento REACH
REACH es, probablemente, la regulación de químicos más sofisticada del mundo y también la más paralizante para cualquiera que tenga que cumplirla. La filosofía detrás es razonable en abstracto e indica que, antes de que una sustancia química pueda comercializarse, debe demostrarse que no causa daños inaceptables a la salud humana o al entorno.
El gigante BASF no se ha ido a China porque le guste la comida cantonesa ni porque quiera escapar de un mercado europeo próspero. Se ha ido porque REACH hace que la innovación en nuevos materiales en territorio europeo sea un infierno administrativo de una década de duración, mientras que en China se pueden aprobar moléculas nuevas en cuestión de meses. Hemos decidido que la seguridad química teórica es más importante que la viabilidad económica de la industria química real.
5. La taxonomía, el Politburó
En algún momento de la segunda década del siglo XXI, la UE llegó a la conclusión de que el mercado de capitales necesitaba ayuda para entender cuáles eran las buenas inversiones. Así nació la Taxonomía de la UE, un catálogo oficial que clasifica cada actividad económica como “buena” (verde, sostenible), “neutral” o “mala”.
Es planificación central soviética, pero con PowerPoint de consultora. La idea es que los inversores, al ver que algo está etiquetado como “verde” por Bruselas, sabrán que es una buena inversión, mientras que si está etiquetado como “problemático” evitarán esa empresa. Luego llegó la guerra de Ucrania y, de repente, la defensa volvió a ser importante. También la energía nuclear, que de pronto volvió a ser “verde” porque ofrecía una alternativa a la dependencia energética de Rusia.
Los inversores, naturalmente, no pueden reaccionar instantáneamente cuando los políticos cambian de opinión. El daño al sistema de inversión europeo ya se ha hecho, porque la asignación de capital sigue el pensamiento político corriente en Bruselas, no las necesidades reales de la economía.
4. La Ley de IA
Europa ha conseguido la hazaña de regular la inteligencia artificial de forma extensiva y detallada en el momento exacto en que no tiene una sola empresa europea relevante compitiendo en el sector. Mientras que en Silicon Valley Sam Altman, de OpenAI, pide computación, poder de procesamiento, energía y capital para entrenar modelos, los comisarios europeos piden “evaluaciones de impacto en derechos fundamentales”, “auditorías de sesgo algorítmico” y “conformidad con principios de IA responsable”.
El resultado será que Europa, dentro de una década, seguirá importando toda su inteligencia artificial de Estados Unidos o de China, pero al menos la usará con un bonito certificado de cumplimiento de principios. Las empresas europeas que pudieron haber competido en ese espacio decidieron hace años que era demasiado complicado regulatoriamente y se fueron a buscar suerte a otro continente.
3. La muralla verde
El Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM) es, en su esencia, una admisión de derrota presentada como estrategia. Europa ha hecho que producir aquí sea tan caro, gracias al sistema de comercio de emisiones y los impuestos sobre el carbono, que ahora necesita poner aranceles a todo lo que viene de fuera para que no la barra completamente. En lugar de ser competitivos, optamos por encarecer los productos para nuestros propios ciudadanos.
Los socios comerciales de Europa, desde India hasta Brasil, lo interpretan exactamente como lo que es: una declaración de que Europa ha decidido protegerse mediante aranceles y que otros países pueden hacer exactamente lo mismo. Música para los oídos de cualquier político populista que busque una justificación para sus propias políticas comerciales.
2. Fit for 55, matar al coche
Europa ha decretado por ley el fin de la tecnología en la que fue líder mundial durante más de un siglo, los motores de combustión interna eficientes, para obligarse a sí misma a competir en el único campo donde China tiene el monopolio de facto: la producción de baterías de iones de litio y las materias primas que las constituyen.
China controla aproximadamente el 80 % de la capacidad global de refinado de litio, el 60 % del cobalto extraído y el 70 % de la manufactura de baterías. Cuando Europa decidió que los motores de combustión eran cosa del pasado, decidió que su futuro dependería de una cadena de suministro controlada por Pekín. Aunque ahora todo indica que se flexibilizarán en alguna medida estas metas, la estrategia es irreversible en términos prácticos. Las inversiones industriales ya están comprometidas, los proveedores están reorientando su capacidad y la inercia institucional hace que cambiar de dirección sea casi imposible. Europa ha jugado su mano fuerte, la que ganó mercados durante cien años, simplemente por un consenso político que afirmaba que otra cosa era mejor.
1. El motor de la pobreza
Y llegamos al peor de todos, la regulación que mejor encarna la estrategia de Europa de casar la ambición climática con el empobrecimiento relativo. El sistema de comercio de emisiones de la UE es, en la teoría económica, una herramienta elegante. En la práctica, es la razón fundamental por la que una acería en Alemania paga una factura de electricidad que es aproximadamente el triple que la de su equivalente en Texas.
El funcionamiento es sencillo: se ha creado un mercado artificial donde las empresas deben comprar “permisos para emitir”, un sistema de cupos decrecientes que hace que cada año sea más caro tener derecho a operar si tu operación genera emisiones. Al elevar artificialmente el coste de la energía de manera sistemática y por decreto, hemos logrado que fabricar cosas en la cuna de la Revolución Industrial sea económicamente inviable en competencia global. No estamos descarbonizando Europa, sino desindustrializando Europa.
Al repasar estas diez regulaciones, lo primero que salta a la vista es que casi ninguna de ellas busca crear riqueza. Todas tratan de controlar cómo se crea la riqueza, asumiendo que la prosperidad es algo que cae del cielo sin necesidad de que nadie la produzca, y que lo único que debe hacer el estado es asegurar que se distribuya con justicia, se cree de forma éticamente correcta y se produzca en línea con una visión regulatoria particular de cómo deben funcionar las cosas.
Europa ha apostado por ser el continente más controlado, más regulado, más consciente de los riesgos de dejar que la gente tome decisiones propias. ¿Cómo salir de esto? Parece imposible, porque quienes crearon este sistema empobrecedor siguen al mando y llenando páginas del boletín oficial día tras día.