Surge un movimiento que defiende el crecimiento no como un capricho macroeconómico sino como una herramienta para recomponer la vida de las personas y la calidad de los servicios
Cuando en Canarias hablamos de “los del no a todo” nos referimos a grupos organizados que, bajo la forma de colectivos ciudadanos, plataformas vecinales o movimientos sociales, se oponen sistemáticamente a diversos proyectos más o menos estratégicos. La defensa del paisaje, la preocupación por los recursos naturales o la crítica al crecimiento turístico suelen ser sus banderas, al menos las que declaran. En otras latitudes se les conoce como “nimby”, sigla de “not in my backyard” (“no en mi patio”), un término que describe la oposición a iniciativas que se consideran necesarias para el conjunto, pero que generan costes o impactos concentrados en una comunidad concreta. Es una actitud que mezcla preocupación local con resistencia al cambio y que, multiplicada, puede frenar políticas de desarrollo o inversión.
El problema surge cuando detrás de esas reclamaciones de apariencia legítima se ocultan intereses distintos, y la suma de múltiples posturas “nimby” acaba convirtiéndose en un verdadero poder de veto frente a casi cualquier proyecto relevante. Así es que en el Reino Unido ha surgido un movimiento que propone dar la vuelta a esa inercia y que lo hace con un lenguaje sencillo y con la ambición de volver a construir, y no solo en sentido literal, un país que se vea a sí mismo capaz de levantar vivienda, infraestructuras y prosperidad sin pedir perdón por ello.
Ese movimiento se llama Looking for Growth (“En busca del crecimiento”) y su agenda se entiende sin tecnicismos, porque anuda crecimiento con civismo cotidiano y porque convierte el “sí” en una postura cívica con la misma fuerza que durante años tuvo el “no”, una bandera que otros llaman “yimby” (“yes in my backyard”) y que empieza a identificarse con normalidad en la conversación pública británica. No es un club académico ni una ocurrencia de campaña, sus organizadores lo presentan como una respuesta a una sensación reconocible de estancamiento y a una fatiga con una burocracia que ralentiza todo. A este diagnóstico se han sumado jóvenes profesionales, inversores y perfiles técnicos que generalmente no se levantan del asiento si no perciben que hay algo real que hacer en la vida diaria de sus ciudades.
Conviene contar quiénes están detrás para entender mejor el fenómeno. Looking for Growth lo impulsan el académico y comentarista político Lawrence Newport junto con el activista cívico Joseph Reeve y se apoya en una constelación de voces que van desde emprendedores tecnológicos a estrategas políticos. Se han dado cita en encuentros de gran asistencia en Londres donde el reclamo no ha sido una ideología cerrada sino una mezcla de orgullo por lo que el país fue capaz de hacer y de prisa por arreglar lo que hoy no funciona a tiempo y a un coste razonable. El propio relato del movimiento no se esconde, dice que el crecimiento no es un capricho macroeconómico sino una herramienta para recomponer la vida cívica y la calidad de los servicios, y por eso su programa combina ideas de planeamiento urbano y grandes obras con campañas muy concretas sobre seguridad cotidiana y limpieza del espacio público que cualquiera puede ver a la salida del metro.
Ese aterrizaje lo diferencia de los manifiestos que mueren en un pdf, aquí hay pintura que se borra, calles que se limpian y una invitación a que el vecino se mueva primero en lo que le queda cerca, porque de ese gesto de base nace la legitimidad para pedir reformas más grandes en vivienda, energía o infraestructuras. En esos escenarios se escuchan nombres conocidos como el influyente emprendedor y asesor tecnológico Matt Clifford o el director de la campaña pro Brexit en 2016 Dominic Cummings. Pero lo relevante no es la fama de quienes suben al estrado, lo relevante es la sensación de energía que describen quienes asistieron, porque no se trata de gritar contra el sistema sino de señalar trámites y cuellos de botella con nombre y apellido y de convocar a arreglarlos con una mezcla de técnica y coraje político.
La etiqueta “yimby” funciona como una brújula moral y práctica, y su traducción es simple, basta con decir sí a construir cuando lo que se construye mejora de verdad la vida de la gente y se hace con respeto a reglas claras y previsibles. No es un sí ingenuo, es un sí que reclama instituciones eficaces, capaces de cumplir plazos, eliminar trámites redundantes y sustituir el veto permanente por procedimientos transparentes, con diálogo real entre quienes promueven y quienes conviven con las obras. De hecho, el movimiento ha puesto por escrito propuestas que tocan el hueso de la parálisis, planeamiento que permita más vivienda donde ya hay demanda, permisos más rápidos para infraestructuras que hoy se demoran por años y un marco que deje de penalizar la densidad bien diseñada y los usos mixtos que facilitan la vida cotidiana. Su agenda incluye proyectos de infraestructura crítica con prioridad nacional, desde energía hasta centros de datos y redes eléctricas, y una defensa explícita de que el progreso urbano requiere levantar la vista más allá del portal de cada uno, porque para que una ciudad funcione se precisa la suma de muchas decisiones que planten cara a la inercia.
La transversalidad del movimiento se pone de manifiesto en el hecho de que ya han surgido ramas “yimby” tanto en el partido conservador como en el laborista. De hecho, estos últimos, que son el equivalente británico del PSOE, han iniciado fuertes campañas en favor de la construcción, con mítines donde reparten gorras con el lema “build baby build!” (“¡Construye, cariño, construye!”). Cuesta mucho imaginarse a sus homólogos llevando adelante iniciativas similares en España, donde la defensa abierta del crecimiento urbano sigue siendo un terreno poco explorado.
El orgullo perdido
Este impulso ciudadano tiene una parte sentimental que no es menor, porque los británicos han sido educados para recordar que su país fue la primera sociedad industrial, que albergó una larga lista de innovaciones científicas y que supo traducirlas en un nivel de vida que otros miraban con envidia. Esa memoria no es solo nostalgia, es un recordatorio de que es posible volver a hacerlo sin esperar a que el resto del mundo les dé permiso.
Cuando Lawrence Newport dice que Gran Bretaña “dio a luz al mundo moderno” no está siendo solo chauvinista, está recordando que hay saber hacer para recuperar un estándar perdido de eficacia en las políticas públicas, pero también en los espacios comunes. No sorprende entonces que los asistentes a sus actos pasen de aplaudir un discurso a salir a limpiar una pared o a exigir que se tramite un permiso que lleva años dando vueltas. Esa sintonía con cosas visibles explica por qué un grupo que no presume de ser de un partido ni de un sindicato haya reunido a perfiles que rara vez se mueven por consignas.
Visto todo esto desde Canarias puede dar cierta envidia, por el modo adulto y sincero de afrontar los problemas comunes. Sobre todo, de no permitir que se apropien del discurso dominante esos del “no a todo” que la única alternativa que tienen es el camino del decrecimiento, es decir, de un deterioro consciente de nuestra calidad de vida. Por eso es que el “yimby” británico no es una broma ideológica, algo snob que convoca a ciertas élites para sentirse superiores, sino que es un auténtico cambio cultural, una alternativa optimista y pragmática que invita a pasar de la asamblea permanente a la acción concreta, de la parálisis al permiso, de la protesta al proyecto. Un impulso que defiende la agilidad administrativa sin renunciar a la voz ciudadana y que reivindica el civismo como motor del progreso.
Ese cambio no se impone con campañas publicitarias, sino que se construye a partir de decisiones pequeñas y de un marco de reglas que cierre la puerta a la inercia como método. Lo que ofrece, tanto a promotores como a vecinos, es un bien escaso, la previsibilidad. En Canarias, un movimiento de este tipo valdría, por ejemplo, para acelerar la construcción de vivienda allí donde hay una enorme demanda, para dar mucha más densidad a las ciudades o para ordenar un catálogo de prioridades en infraestructuras que descarte proyectos faraónicos de dudosa utilidad y abrace los pequeños cambios que sumados vayan generando el gran cambio. Basta con recordar que cada generación canaria ha procurado dejar su isla un poco mejor de como la encontró, y ese legado se preserva no con promesas, sino con obras que funcionan.