Milei, la eficiencia dinámica y la batalla cultural: lo recto es lo correcto.

1 de marzo de 2026
Libertad vs planificación
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Cuando recientemente el presidente de Argentina, Javier Milei, tomó la palabra en el Foro Económico Mundial de Davos, algunos esperaban que se produjese una provocación al auditorio como en las pasadas ediciones. Lo que no esperaban era una verdadera clase de economía con una ruptura teórica contra el lenguaje, la práctica y los consensos de la élite política y económica global.

Su intervención, precedida de un titular: “Maquiavelo ha muerto”, supone una arremetida cultural contra el progresismo y el intervencionismo estatal. Y es que, detrás de ese anuncio, hay un sólido armazón teórico, coherente y profundamente incómodo para la economía convencional. No es solo que el fin no justifica los medios, sino que hay un antídoto para ello. Es la teoría de la eficiencia dinámica, desarrollada por el Catedrático de Economía Jesús Huerta de Soto y la tradición de la Escuela Austriaca de Economía.

Su exposición a través del discurso de Milei en Davos no fue solo un consejo económico a Occidente. Fue, sobre todo, un choque moral entre dos formas irreconciliables de entender la economía y la sociedad. Por un lado, la visión dominante a nivel internacional, consistente en una economía concebida como un sistema técnico que debe ser gestionado, corregido y optimizado desde arriba, mediante políticas públicas, redistribución y planificación “racional”. Por otro, la visión que la Escuela Austriaca de Economía defiende, declarando que la economía es un proceso vivo (dinámico), impredecible y creativo, impulsado por la acción humana libre y la función empresarial.

La clave está en el concepto de eficiencia. Para la economía socialdemócrata o del bienestar, la eficiencia es esencialmente estática y consiste en asignar unos recursos supuestamente dados de la mejor manera posible, evitando despilfarros y corrigiendo “fallos de mercado”. Este enfoque, heredero del paradigma físico-mecanicista del siglo XIX, imagina un mundo donde las preferencias, la tecnología y la información son conocidas y constantes. Un mundo que, como subraya Huerta de Soto, no existe.

Frente a ello, la eficiencia dinámica parte de una constatación radical: en la vida real nada está “dado”. Los fines humanos cambian, los medios se descubren, la información se crea y el conocimiento se expande gracias a la acción empresarial, como si de un gran “big bang” social se tratase. El mercado no es un equilibrio, sino un proceso. Los errores, los desajustes y las quiebras no son anomalías que deban ser eliminadas por un planificador estatal benevolente, sino el combustible mismo del progreso humano. Sin error no hay aprendizaje, y sin aprendizaje no hay coordinación.

Cuando Milei denuncia en Davos la obsesión regulatoria, el intervencionismo y la ingeniería social, no está simplemente expresando una preferencia ideológica. Está señalando algo más profundo. Que todas esas políticas bloquean la función empresarial, que es la única capaz de generar nueva información y ampliar las posibilidades productivas de la sociedad. Gravar los beneficios, hiperregular o castigar la innovación, no solo es ineficiente en sentido dinámico, sino que, además, es autodestructivo y empobrecedor.

Aquí es donde el discurso de Milei se vuelve verdaderamente incómodo para el “establishment” dominante. Porque la teoría de la eficiencia dinámica no se limita a criticar políticas económicas concretas, sino que pone en cuestión el fundamento ético del intervencionismo moderno. Precisamente ahí, cita a Huerta de Soto, quien sostiene que eficiencia y justicia no son dimensiones separadas. La idea de redistribuir “lo existente” presupone que la riqueza está ahí (dada), esperando ser repartida. Pero si la riqueza es, en esencia, creación humana y fruto de un proceso de mercado, entonces impedir que el creador se apropie de los frutos de su acción es bloquear el propio proceso que genera la riqueza que beneficia a toda la humanidad.

Desde esta perspectiva, la propiedad privada no es un privilegio ni una convención arbitraria, sino una condición necesaria para la creatividad social. Si el individuo no tiene la certeza de que podrá apropiarse de lo que descubre o crea, desaparece el incentivo para descubrir, para avanzar. Y sin descubrimiento, el sistema se estanca. Por eso, en el marco de la eficiencia dinámica, el estatismo no es solo ineficiente, sino que es inmoral, porque coacciona aquello que define al ser humano como tal, su capacidad de imaginar nuevos fines y actuar para alcanzarlos.

Este punto explica la virulencia del rechazo que provocó en el “establishment” el discurso de Milei en Davos, como en las anteriores ocasiones. No se trataba solo de un mensaje políticamente incorrecto, sino de una enmienda a la totalidad del consenso socialdemócrata global. Un consenso que separa ética y economía, que cree posible diseñar resultados “justos” sin preocuparse por los procesos que los hacen posibles, y que confía en que los ingenieros sociales —políticos, técnicos y burócratas— puedan sustituir la creatividad dispersa de millones de individuos.

La reacción airada, despreciando las palabras del presidente argentino, revela hasta qué punto esta forma de pensar resulta subversiva. Porque si la eficiencia dinámica es correcta, entonces muchas políticas buenistas no solo fracasan, sino que generan el efecto contrario al que prometen, precisamente declarando a todos que “es por tu bien”. La lucha contra la desigualdad, el control de los mercados, la planificación monetaria o la regulación moral —woke— desde el Estado son los verdaderos obstáculos al progreso, no garantías de justicia social.

Milei es muy valiente, se arriesga al oprobio internacional con estos discursos. Pero dar la batalla cultural es su prioridad, para despertar la conciencia de la sociedad, no solo de la argentina, sino de todo Occidente. En Davos asistimos a la irrupción explícita de una idea que lleva décadas marginada en la Academia y en los tratados de economía “mainstream”. Que el progreso no se gestiona con intervención y control.

La eficiencia dinámica nos descubre algo elemental: el futuro no se diseña, se descubre. Y que, lo moral, lo recto, es lo correcto. Y quizás por eso el discurso de Milei incomodó tanto. Porque dijo en voz alta lo que muchos prefieren no escuchar, pues les pone en evidencia.

por Emilio Domínguez del Valle