Sherlock Holmes ha sido analizado desde casi todos los ángulos imaginables: como detective, como científico, como símbolo de la razón o como producto de la Inglaterra victoriana. Sin embargo, rara vez se le ha observado desde la perspectiva de la filosofía política. Esa es precisamente la propuesta del ensayista y periodista italiano Leo Facco -y colaborador de La Gaveta Económica-, que sostiene que el personaje creado por Arthur Conan Doyle encarna, mucho antes de que existiera el término, buena parte de los principios que hoy asociamos al pensamiento libertario.
La tesis puede parecer provocadora, pero el interés de este libro no reside tanto en convencer al lector como en invitarlo a volver sobre el canon holmesiano con una mirada distinta. Facco construye su argumentación apoyándose en los propios textos de Conan Doyle y encuentra en ellos una defensa de la propiedad privada, de la libertad contractual, de la legítima defensa, del emprendimiento o de la responsabilidad individual que, a su juicio, dibujan el perfil de un detective profundamente desconfiado del poder político.
La conversación trasciende, sin embargo, el universo de Baker Street. A partir de Holmes, hablamos de inteligencia artificial aplicada a la investigación histórica, del papel del Estado en la provisión de seguridad y justicia, del prohibicionismo, de la Inglaterra liberal del siglo XIX y de algunos de los grandes autores del pensamiento político contemporáneo, desde Rothbard hasta Rawls.
Comparta o no, querido lector, la interpretación de Leo Facco, resulta difícil negar que obliga a mirar a Sherlock Holmes desde un ángulo inesperado. Y eso, en una obra sobre uno de los personajes más estudiados de la literatura universal, ya constituye un mérito poco común.
¿Qué te llevó a fijarte en Sherlock Holmes?
Soy lector de Sherlock Holmes desde hace muchísimos años y, cuando releí por segunda vez el canon completo de Arthur Conan Doyle -hace aproximadamente una década-, comprendí que aquel detective tan singular era, en realidad, un proto-libertario. Es decir, un personaje que encarnaba muchos de los principios que hoy asociamos al anarcocapitalismo.
En este libro la inteligencia artificial desempeña un papel importante. Has escrito recientemente sobre ello, pero me gustaría que explicaras cómo influyó en tu propio proceso de trabajo.
Su influencia fue decisiva. Aunque conozco bastante bien los sesenta relatos y novelas que integran el canon holmesiano, escribir este libro habría exigido releerlos todos y anotar cuidadosamente cada pasaje que pretendía citar. Y ahí es donde la inteligencia artificial cambió por completo mi forma de trabajar.
Descargué el volumen que reúne todas las historias originales de Sherlock Holmes, lo cargué en tres sistemas distintos de inteligencia artificial y empecé a pedirles que localizaran los episodios que recordaba y que respaldaban mi tesis: una aventura en la que Holmes defendía el derecho a portar armas; otra en la que protegía la propiedad privada; otras en las que actuaba conforme a principios de libertad individual claramente identificables con el pensamiento libertario.
La inteligencia artificial terminó convirtiéndose en un archivista extraordinariamente eficiente. En cuestión de segundos era capaz de localizar exactamente los fragmentos que necesitaba y ponerlos a mi disposición para que yo pudiera analizarlos, comentarlos e incorporarlos al libro.
¿Por qué afirmas que Sherlock Holmes es un libertario? ¿No existe el riesgo de proyectar sobre el personaje tus propias convicciones?
Naturalmente soy un gran admirador de Sherlock Holmes, pero mi conclusión no nace de una lectura forzada. Es la consecuencia lógica de las acciones que Conan Doyle hace realizar al detective, de las palabras que pone en su boca y del modo en que resuelve los casos. El personaje habla por sí mismo.
El prólogo de Guglielmo Piombini insiste en que la Inglaterra victoriana fue el entorno ideal para que surgiera un personaje como Holmes.
Más allá del contexto histórico, ¿crees que las sociedades más libres favorecen también la aparición de individuos más autónomos?
Sin ninguna duda. La Inglaterra victoriana constituye el escenario perfecto para un detective libertario. Como explica muy bien Guglielmo Piombini, en el Londres de finales del siglo XIX el peso del Estado era extraordinariamente reducido. Los ciudadanos disfrutaban de una enorme libertad para emprender, comerciar, portar armas o incluso consumir opio.
Aquella cultura profundamente liberal fue el caldo de cultivo que permitió a Arthur Conan Doyle crear un personaje tan extraordinario como Sherlock Holmes. Los grandes espíritus independientes suelen florecer allí donde existe un amplio margen para la responsabilidad individual.
Dedicas un capítulo al consumo de drogas. Sin embargo, no lo presentas como una reivindicación del consumo, sino como una crítica al prohibicionismo.
Exactamente. Lo que describo es una debilidad de Holmes. Durante los periodos de inactividad intelectual caía en una profunda apatía y recurría a los opiáceos para combatirla. Pero hay dos aspectos que conviene subrayar.
El primero es que Watson, además de ser su amigo, era médico y censuraba con firmeza ese comportamiento cada vez que Holmes consumía drogas o se sentía tentado de hacerlo. En las novelas de Conan Doyle no existe ninguna glorificación de la drogadicción. El segundo es que, en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XIX, esas sustancias no estaban prohibidas. Holmes podía adquirirlas legalmente, sin acudir a traficantes, sin alimentar organizaciones criminales y sin verse obligado a delinquir para conseguirlas.
Por eso sostengo que este capítulo no constituye una apología del consumo, sino una reflexión sobre el fracaso del prohibicionismo.
Uno de los argumentos más sugerentes del libro es que Scotland Yard necesita constantemente la ayuda de Holmes. ¿Es una metáfora de la superioridad de las soluciones privadas frente a las públicas?
Es un patrón que se repite una y otra vez, tanto en las historias originales de Conan Doyle como en muchos de los pastiches posteriores que he leído.
Holmes muestra un desprecio evidente hacia algunos inspectores de Scotland Yard, a quienes considera poco más que burócratas incapaces de resolver por sí mismos los casos más complejos.
Mi interpretación invita al lector a reparar en una realidad muy sencilla: los éxitos del detective privado ponen continuamente de manifiesto las limitaciones de la policía oficial. Holmes resuelve los casos mucho antes que Scotland Yard y, cuando la policía termina atribuyéndose el éxito, suele hacerlo gracias a que él mismo le ha entregado la solución completamente resuelta, sin preocuparse siquiera por recibir reconocimiento alguno.
Si aceptamos esa lógica, ¿sería imaginable una sociedad en la que determinadas funciones de investigación o incluso algunos servicios de seguridad compitieran entre sí en un mercado libre?
Absolutamente. Murray Rothbard desarrolla esa idea en su ensayo Defense Services on the Free Market, uno de los textos fundamentales del pensamiento libertario sobre esta cuestión.
Rothbard sostiene que la seguridad, la justicia y la defensa no solo podrían prestarse sin el monopolio del Estado, sino que probablemente funcionarían mejor en un entorno competitivo.
No es una idea aislada. Antes que él, Gustave de Molinari ya había defendido la producción privada de la seguridad y, posteriormente, autores como Hans-Hermann Hoppe, Walter Block, Stephan Kinsella o Joseph Salerno han seguido profundizando en este debate.
Se trata de una discusión plenamente abierta dentro del pensamiento libertario y que continúa generando aportaciones muy valiosas.
En el libro sostienes que los precios, la oferta y la demanda no son un simple telón de fondo en las aventuras de Holmes, sino elementos que condicionan su actuación. Incluso llegas a definirlo como un «empresario de la justicia».
Exactamente. Creo que esa es una de las ideas menos exploradas del personaje. Sherlock Holmes es, en cierto modo, un emprendedor -quizá un artesano- de la justicia. Posee todas las cualidades propias del empresario: iniciativa, intuición, capacidad para asumir riesgos y una obsesión permanente por satisfacer a quien solicita sus servicios.
En numerosas ocasiones trabaja sin descanso para resolver un caso y ni siquiera exige una remuneración. Ahí aparece otra característica esencial del verdadero emprendedor: la generosidad. Holmes no actúa movido únicamente por el beneficio económico; también lo impulsan el desafío intelectual, la búsqueda de la verdad y la satisfacción de haber prestado un servicio excelente. Esa mezcla de profesionalidad, vocación y libertad para ejercer su oficio constituye, a mi juicio, una de las mejores expresiones de su espíritu emprendedor.
También afirmas que su defensa de la propiedad privada y de los contratos es prácticamente absoluta.
No recuerdo un solo relato del canon en el que Holmes cuestione alguno de esos dos principios. Al contrario, los considera pilares fundamentales de la convivencia. En ese aspecto resulta casi obsesivo.
Algo parecido ocurre con el derecho a portar armas, que interpretas siempre desde la perspectiva de la legítima defensa.
Así es. En la Inglaterra victoriana un caballero como Watson podía llevar una pistola sin que ello provocara escándalo, especialmente después de haber servido en el ejército del Imperio. La legítima defensa era un derecho ampliamente aceptado y, en un contexto donde la presencia policial era mucho menor que en la actualidad, muchas personas entendían que proteger su vida y su patrimonio formaba parte de su propia responsabilidad.
Para Holmes, el derecho a defenderse está íntimamente ligado a la protección de la propiedad privada y de la integridad física. Forma parte de su concepción de la libertad individual y también de la manera en que entiende su profesión.
Uno de los capítulos más llamativos relaciona a Moriarty con lo que hoy denominamos «Estado profundo». ¿Hasta qué punto es una licencia literaria?
Debo admitir que ahí me permití cierta libertad creativa. Partiendo de la idea que comparto- de que existen élites de poder capaces de influir en el destino de las sociedades al margen de los mecanismos democráticos, utilicé al profesor Moriarty como representación de ese poder oculto. Me pareció una forma eficaz de trasladar al lector un problema plenamente contemporáneo.
No sostengo que Conan Doyle anticipara conscientemente el fenómeno que hoy llamamos deep state. Sería exagerado afirmarlo, porque la tensión entre el poder y la libertad viene, al menos, desde Maquiavelo.
Lo que sí creo es que la oposición entre Holmes y Moriarty simboliza extraordinariamente bien el enfrentamiento permanente entre el individuo libre y las estructuras de poder que aspiran a controlar la sociedad. Esa lectura sigue siendo plenamente válida en nuestros días.
No podía faltar John Rawls… ¿Se la tenías guardada?
(Ríe.) Digamos que un libertario difícilmente puede resistirse.
Para quienes defendemos la libertad individual, John Rawls y Thomas Hobbes representan dos de las construcciones intelectuales más sólidas en favor del estatismo. Ambos proporcionan argumentos para justificar un Estado con amplios poderes sobre el individuo. Por eso me pareció divertido introducir a Rawls en mi pastiche y hacerlo participar, aunque fuera literariamente, en el universo de Sherlock Holmes. Era una forma de cerrar el ensayo con una sonrisa y, al mismo tiempo, mantener vivo el debate entre dos maneras radicalmente distintas de entender la organización de la sociedad.
El libro se puede conseguir aquí.