En los últimos años, Tesla ha sido algo más que un fabricante de coches eléctricos; más bien, representaba una promesa de innovación, eficiencia, sostenibilidad y una cierta idea de progreso tecnológico desligado de las viejas inercias industriales. Muchos clientes sentían que, más que comprarse un coche, lo que estaban haciendo era compartir, de manera ostensible, una visión del futuro. Hoy, esa carga simbólica asociada a un simple coche parece estar seriamente comprometida, y no es por un complot ni por un fallo puntual de ese producto, sino por una combinación letal de mala gestión y politización personal de su fundador.
Porque Elon Musk, en algún momento, decidió convertir su figura pública en la de un actor político permanente, agresivo y divisivo. Su apoyo a Donald Trump en la última campaña electoral y su área específica dentro del nuevo gobierno, con despacho en la Casa Blanca, tenía un coste. Si bien es libre de hacerlo, las consecuencias no son inocuas. Tesla no era una empresa ideológica ni un club de afinidad filosófica, sino solamente una compañía global que vendía coches eléctricos a millones de personas muy distintas entre sí en todo el mundo. Cuando su cabeza visible se convierte en un símbolo político explícito, introduce un factor de rechazo innecesario en un producto de consumo masivo. Está, de alguna manera, arriesgando demasiado y, en definitiva, haciendo una mala gestión de marca.
Desde luego, comprar un coche no debería sentirse como tomar partido, pero lo que ha sucedido es que han aparecido consumidores que descartan Tesla no por su autonomía, su precio o su calidad, sino porque ahora ya no quieren asociarse con la imagen pública de su fundador. No tiene nada que ver con una cancelación como las que estamos acostumbrados a ver en cada nuevo “Me Too” que aparece, sino con las preferencias personales de los consumidores que van moldeando un mercado.
Quizá sería un error atribuir los problemas de Tesla únicamente a la política. Porque la politización de Musk llega cuando la empresa ya mostraba síntomas claros de deterioro, por ejemplo, por asuntos como el del sistema Full Self-Driving (FSD), que, tras años de promesas hiperbólicas, inversiones multimillonarias y un retorno comercial muy inferior a lo anunciado, retratan a una empresa que ha desdibujado su misión. Cambios constantes de estrategia, precios erráticos y una insistencia creciente en modelos de suscripción que priorizan métricas internas antes que valor real para el cliente han retratado la pérdida de brújula.
Quienes siguen de cerca la evolución de la empresa señalan un patrón preocupante, trazado por decisiones tomadas no para servir mejor al mercado, sino para cumplir objetivos personales, compensaciones ligadas a cifras concretas y la insistencia en narrativas de éxito que, en realidad, ya no se sostienen. Si la empresa empieza a girar en torno al ego de su fundador en lugar de la satisfacción del cliente, el resultado probablemente sea un alejamiento de la innovación.
La famosa frase del profesor Miguel Anxo Bastos, «¡Capitalismo, ahorro y trabajo duro! ¡No hay otra cosa!», bien vendría a Musk, aunque es difícil asegurar que haya podido leerla. Pero sucede que el éxito empresarial, a la larga, no viene de la mano de la genialidad caprichosa ni de la provocación constante. Más bien es hijo de la inversión prudente, el trabajo sostenido, la orientación al cliente y la gestión profesional. Castiga, tarde o temprano, la improvisación, el personalismo extremo y la confusión entre empresa y plataforma personal.
Musk podría escudarse en que está pagando un precio por ser alguien que «desafía al sistema». Pero, en realidad, está pagando por olvidar reglas básicas que cualquier empresario serio conoce. El mercado no debe lealtad a nadie, no «castiga», sino que simplemente redistribuye preferencias. Y cuando alguien actúa como si su talento, su fama o su historial le otorgaran un crédito permanente, puede descubrir que ese crédito ya ha dejado de existir.