Las noches de Ortega

4 de agosto de 2025
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Bernardo Sagastume
Solo queda un humorista en España y ese es Juan Carlos Ortega. Aunque quizá no sea un humorista al uso, sino simplemente una pequeña molestia, alguien capaz de aguarle la fiesta al Gobierno con apenas unos gags en la trasnoche de la radio. Su presencia se ha vuelto imprescindible para calibrar el pulso político del país, y de hecho hay quienes afirman que su programa (“pograma”, dirían sus entrañables personajes) irrita más en la Moncloa que la suma de todos los columnistas críticos con Pedro Sánchez.

Además, es muy valiente, porque cuando desde el Gobierno se lanzó la iniciativa de celebrar el aniversario de la muerte de Franco, Ortega dedicó un programa especial que imitaba a todos los cortesanos y sus discursos oficiales, pero lo vinculaba al aniversario del fallecimiento… del emperador Calígula. Allí donde un portavoz gubernamental hablaría de Franco, Ortega invocaba a Calígula; donde el discurso oficial denunciaría la herencia del franquismo, él alertaba del resurgir del “caligulismo” si no se le ponía freno.

Que “Las Noches de Ortega” se emita en la Cadena Ser, tradicionalmente identificada con la izquierda, seguramente da aun más valor a la corrosiva sátira que hace de toda una retórica construida sobre símbolos en apariencia inamovibles. Ortega golpea sin piedad desde el corazón de una emisora siempre percibida como próxima al PSOE, al mismo tiempo que consigue que el público afín se plantee lo que hasta entonces daba por sentado. Su parodia de la reciente insistencia sobre “qué bien se portaron los españoles el día del apagón” fue demoledora. De manera sutil, Ortega exageró ese mensaje de solidaridad impostada, sugiriendo que “lo lógico hubiera sido que al irse la luz hubiéramos todos empezado a apuñalarnos”, pues “en otro país se va la luz y lo normal es que se muerdan en el cuello hasta desangrarse”. Esa hipérbole no solo divierte, sino que desnuda el buenismo impostado que se esgrime con tal de eludir la crítica por lo sufrido con el apagón del 28 de abril.

Ortega emplea la parodia para desnudar las contradicciones del llamado “PSOE State of Mind”, ese conjunto de prejuicios, narrativas y lugares comunes que se han instalado en el imaginario cultural más allá de la militancia socialdemócrata. Con su ridiculización de “las gentes de la cultura” o el sarcasmo sobre periodistas asociados al progresismo, pone en evidencia la hipocresía y el dogmatismo de ciertas posturas. Y su enfoque no es panfletario, prefiere valerse de personajes absurdos —ancianas devotas de la corrección política, tertulianos que repiten las mismas consignas de manual— para que el público reconozca, a través de la risa, sus propios tics ideológicos. Como en aquel episodio donde una oyente ficticia acusa a El Confidencial de causar el suicidio de su marido, admirador incondicional de Pedro Sánchez, por culpa de las noticias sobre casos de corrupción en el Gobierno.

Quizá haya que remontarse hasta Gila para encontrar un caso parecido, cuando sus conversaciones telefónicas imaginarias desde el frente de batalla eran celebradas incluso por militares. De modo similar, Ortega construye un humor que pretende que hasta el más convencido seguidor de Sánchez se permita soltar la risa y, al hacerlo, cuestione su propia devoción acrítica, satirizando así la devoción casi religiosa hacia el liderazgo socialista sin necesidad de insultar a nadie: la caricatura de la fe es suficiente para rasgar la venda de la idolatría.

Su magisterio no reside solo en la risa que provoca, sino en su capacidad para sembrar la duda allí donde parecía haberse instalado la certeza. Nos empuja a desconfiar de los relatos oficiales, a incomodarnos ante el pensamiento dominante y a recuperar la saludable costumbre de reírnos de nosotros mismos. Porque al poder le incomoda más una carcajada que un editorial: la risa desactiva las defensas, desarma prejuicios y nos obliga a pensar con libertad sobre aquello que creíamos intocable.