Las pateras de Putin

4 de agosto de 2025
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Bernardo Sagastume
Resulta llamativo ver la docilidad con la que ciertos sectores de la izquierda española y europea reproducen, casi palabra por palabra, las narrativas que Moscú diseña desde sus laboratorios de propaganda. Nada es casualidad en este mundo y parece el resultado de una operación de influencia exitosa que convierte a progresistas bienintencionados en altavoces (quizá) involuntarios del proyecto de Putin en África. El Sahel se ha convertido en el gran teatro donde Rusia despliega su solidaridad anticolonial. A través de webs como “Iniciativa Africana”, creada en septiembre de 2023 y estrechamente vinculada a su Ministerio de Defensa y al Africa Corps, Moscú no solo difunde desinformación, construye una narrativa emancipadora que seduce tanto a las élites africanas como a los progresistas europeos.

La habilidad de la estrategia rusa radica en su capacidad para apropiarse del lenguaje de la justicia social. Cuando Putin habla de un “orden justo y sostenible” basado en la soberanía africana, utiliza exactamente las mismas palabras que escuchamos en los mítines de la izquierda española o en los de La France Insoumise. Cuando los medios rusos denuncian el “expolio colonial” occidental, replican argumentos que cualquier militante de izquierda suscribiría sin dudar en un debate universitario. “Rusia se promociona como una alternativa a los países occidentales, presentándose como un socio ventajoso dispuesto a reformular el orden mundial en favor de aquellos Estados que experimentan injusticias debido a las acciones de Occidente”, subraya Ignacio Fuente Cobo, del IEEE, en su reciente “La obsesión rusa: desinformación y propaganda en el Sahel”.

No es una coincidencia que sea fruto del azar, sino más bien son décadas de cultivo de alianzas entre Moscú y los movimientos progresistas occidentales, una herencia soviética que Putin ha sabido actualizar con acierto. La URSS ya no existe, pero estas operaciones siguen vivas, recicladas y potenciadas por las nuevas tecnologías digitales. Por ejemplo, la izquierda europea ha interiorizado el concepto de “multipolaridad” promovido por Rusia como si fuera una conquista progresista, y así es que hablan de “diversificar las alianzas africanas” y “romper con la hegemonía occidental”, para legitimar la penetración de los hombres de Putin.

No hay “zurdo” España que no critique el “imperialismo extractivo y colonial” de Europa en África, pero este dogma les impide ver el imperialismo ruso. Es que han decidido que solo existe un tipo de colonialismo, el que practican Francia, Estados Unidos o la antigua metrópoli española, porque el que practica Rusia, en cambio, se bautiza con el eufemismo “cooperación Sur-Sur” o viene con el aval de una vitola de “movimiento de solidaridad internacional”.

La presencia rusa en África no es soft power, sino shark power con cara amable, porque combina la retórica emancipadora con la provisión de armas, el apoyo a golpes de estado y la explotación de recursos naturales. Los Wagner de antes y el Africa Corps de ahora no han llegado al Sahel para promover las libertades individuales, sino para consolidar regímenes autoritarios que sirvan a los intereses de Moscú. Y las consecuencias de todo esto tienen un impacto directo en España, con el aumento de la inmigración clandestina.

El informe de Seguridad Nacional 2024 puntualiza que desde 2023 ha cambiado el paradigma de los flujos migratorios hacia Canarias, porque si antes llegaban principalmente magrebíes, ahora provienen de países del Sahel, esa franja cuasi desértica donde precisamente Rusia ha consolidado su influencia. Es decir, la emancipación que promete Putin se traduce al fin y al cabo en inestabilidad y éxodo masivo hacia las costas canarias. Cada cayuco que llega al muelle de La Restinga no solo transporta a personas desesperadas, sino que también trae consigo el testimonio de cómo acaba la “alternativa rusa” que tanto seduce a la izquierda. Pero han decidido que cualquier rival de Occidente es, por definición, progresista, y esto ya tiene consecuencias más allá del fragor de debates políticos, porque tiene un precio de vidas humanas.